martes, 12 de mayo de 2015

Mecánica de la violencia

I
Fin del mundo

Él me dijo que yo le pertenecía, que cuando él me lo ordenara yo me pondría en cuatro y dejaría que me cogiera cuando y donde él quisiera.
Yo lo miré fijamente sabiendo que todo lo que sucedía estaba mal.
Él me dijo que así eran las cosas.
Yo no podía decirle nada, de alguna manera tenía razón.
Él era astuto.
Yo era demasiado idiota.
Él era un cretino.
Yo estaba demasiado roto.

Él me arrastró a una fiesta donde sólo había muchachos, todos intoxicados, todos con los ojos brillando a causa de las drogas duras y el alcohol.
Yo estaba demasiado embotado por las mismas razones, casi anestesiado.
Él me presentó a un asesino, el cadáver de su madre estaba picado en pedazos dentro de una olla con cal afuera, en el patio. Zona restringida.
Yo no sabía nada, no entendía nada, no podía contra nada. Y allí estaba en ese mundo que no era para mí, absurda y estúpidamente colocado a la fuerza. Una presa fácil.
Él se alejó para observar a los invitados.
Yo lo seguí.
Él me lanzó una mirada furiosa, y me ordenó que me quedara lejos.
Yo me senté en un sillón cerca del matricida.
Él desapareció un largo rato junto con un muchacho.
Yo miraba afuera, quería salir.
Él se demoraba.
Yo bebí algo que me ofrecieron.
Él volvió cuando las luces se apagaron.
Yo me acosté en el sillón, ni siquiera cerré los ojos, sabía que no podría dormir.
Él tampoco dormiría.
Yo no quería estar allí.
Él se acercó a un muchacho en el sillón de enfrente.
Yo lo vi todo.
Él se cogió al muchacho del sillón de enfrente.
Yo lo vi todo.
Él volteaba cada tanto para asegurarse de que estuviera mirando.
Yo tenía dolor en todas partes.
Él gemía y el muchacho también.
Yo tenía un nudo en la garganta.
Él se tomó su tiempo.
Yo estaba muy cansado.
Él me llamó cuando por fin se vino en la boca del muchacho y el sol apareció, no habíamos dormido nada.
Yo me levanté.
Él abrió la puerta.
Yo lo seguí.
Él me miraba.
Yo miraba a la nada.
Él me preguntó cómo estaba.
Yo no pude hablar, pero las lágrimas salían y no podía controlarlas.
Él abrió los ojos como platos, siempre pensó que yo no podía llorar.
Yo no podía detenerlas, salían sin parar.
Él no intentó acercarse.
Yo lo prefería así.
Él se despidió.
Yo me despedí.
Él me acarició la cara.
Yo me fui.


II
Infierno

Yo nunca lo llamé.
Él me buscó.
Yo estaba intrigado.
Él tenía algo que decirme.
Yo acepté, pensaba que no tenía nada que perder. Ya no.
Él estaba por cumplir años.
Yo lo tenía presente, algunos venenos dejan marcas.
Él estaba sufriendo, necesitaba hablar.
Yo sabía que él no tenía amigos y existían muchas buenas razones para que fuera así.
Él insistió en verme.
Yo accedí a verlo.
Él comenzó la charla, era lo apropiado.
Yo le seguí la corriente.
Él dijo que me extrañaba.
Yo le dije que no tendría por qué.
Él me miró con sorpresa. Pensaba que seguía perteneciéndole.
Yo me sentía seguro.
Él jugó bien sus cartas.
Yo lo acompañé a cenar, era su cumpleaños.
Él me invitó una cerveza.
Yo no noté lo que había puesto en ella.
Él se me acercaba. Demasiado.
Yo no sabía qué me pasaba, no podía pensar.
Él me envenenó una vez más.
Yo quería irme, pero era incapaz de correr.
Él me llevó a una casa.
Yo intenté irme.
Él me cargó hasta la cama.
Yo quería irme.
Él me quitó la ropa.
Yo no quería.
Él se quitó la ropa.
Yo no quería.
Él comenzó a tocarme.
Yo traté de impedirlo, pero mi cuerpo no reaccionaba.
Él me dijo que debía portarme bien.
Yo le pedí que se detuviera.
Él no hizo caso.
Yo me eché a llorar.
Él no hizo caso.
Yo no quería.
Él me mordía por todas partes.
Yo quedé lleno de moretones.
Él me rasguñaba todo el cuerpo.
Yo sudaba frío.
Él me golpeó con su cinturón.
Yo sangraba aunque apenas lo sentía.
Él sabía que yo no sentía dolor.
Yo sabía que se aprovecharía de eso.
Él me sujetó por la cadera.
Yo tenía mucho miedo.
Él acercó su pene a mi culo.
Yo estaba aterrado.
Él me escupió entre las nalgas.
Yo intenté safarme.
Él me sujetó con más fuerza.
Yo le pedí que por favor se detuviera.
Él me la metió con fuerza.
Yo grité de dolor.
Él se excitó con eso.
Yo quería quitármelo de encima.
Él me cogía brutalmente.
Yo no podía quitármelo de encima.
Él me enterraba las uñas en la cadera.
Yo tenía mucho dolor.
Él me cogía brutalmente.
Yo tenía muchísimo dolor.
Él me cogía brutalmente.
Yo no quería estar allí.
Él me cogía brutalmente.
Yo no podía escapar.
Él me cogía brutalmente.
Yo grité pero nadie me escuchó.
Él metió sus dedos en mi boca.
Yo lo mordí.
Él me golpeó en las nalgas con el cinturón.
Yo lo mordí más fuerte.
Él me golpeó más fuerte.
Yo desistí de morderlo.
Él siguió nalgueándome y encajándome las uñas de la otra mano.
Yo me quedaba sin fuerzas.
Él se vino dentro de mí y se salió.
Yo sabía que no había terminado aún.
Él se levantó y se paró frente a mí.
Yo lo miré, suplicándole.
Él me cogió por la boca.
Yo lloraba.
Él no terminaba.
Yo quería que terminara.
Él se tomaba su tiempo.
Yo quería que terminara.
Él no pensaba detenerse.
Yo no pude imaginar que algo así pasaría.
Él me empujó para tirarme sobre la cama.
Yo deseaba desmayarme y ya no sentir.
Él deseaba continuar toda la noche.
Yo me rendí.
Él metió su puño.
¿Yo tuve la culpa?
Él notó cómo me dolía.
Yo sentía que me partía en dos, pero ya no podía gritar.
Él sonreía.
Yo lloraba, no podía hacer nada.
Él sacó la mano llena de sangre y la embarró sobre mi pecho.
Yo pensé que iba a matarme.
Él no se detuvo allí.
Yo no sabía que más iba a hacer conmigo.
Él me cogió de nuevo.
Yo estaba por desmayarme.
Él se vino sobre mis nalgas esta vez.
Yo me quedé dormido, o me desmayé, tal vez me morí. Sí, fue eso, me morí, en ese momento mucho de mí murió.
Él tal vez siguió cogiéndome después de eso, tal vez con los pies, tal vez con botellas, tal vez se vino varias veces dentro de mí, sobre mi cara, sobre mi cabello, o sobre mis manos.


III
Las cenizas

Yo desperté cuando aún estaba oscuro, apenas podía moverme.
Él estaba dormido.
Yo me levanté, necesitaba bañarme.
Él despertó, me siguió con la mirada.
Yo me bañé lo mejor que pude, no quería nada de él sobre o dentro de mí.
Él se levantó a tomar café.
Yo salí al cuarto a vestirme. La cama estaba llena de sangre.
Él me esperaba en la cocina.
Yo miraba por la ventana a la Luna que era llena y enorme y de Octubre.
Él dijo que yo le pertenecía.
¿Por qué no te mueres de una vez y nos dejas en paz a todos para que no sigas envenenando todo lo que tocas?
Él no supo qué decir.
Yo miré la Luna, lo miré a él, y maldije por primera vez.
Él me llamó por el diminutivo de mi nombre.
Yo apunté a su pecho.
Él no dijo más.
Yo sólo me fui.


IV
La Tierra después del fin del mundo

Yo pensaba que era mi culpa. Ser tan torpe, tan ingenuo, tan débil, tan tonto, tan idiota, tan débil, tan débil, tan tonto.
Él se culpaba por ser tan imbécil.
Yo intenté avanzar.
Él nunca avanzaba.
Yo logré avanzar, olvidar, dejar todo atrás.
Él sentía remordimiento.
Yo logré estar en paz.
Él nunca pudo estar en paz.
Yo sentía pesar por él.
Él sólo quería pedirme perdón.
Yo no necesitaba que me pidiera perdón.
Él me pidió que nos encontráramos.
Yo le dije que sí.
Él sufría al acordarse de mí.
Yo era indiferente.
Él estaba entusiasmado por verme otra vez.
Yo estaba atareado, tuve que cancelar.
Él se molestó.
Yo tenía mejores cosas que hacer.
Él me había invitado a una fiesta.
Yo estaba en una fiesta, en otro lugar.
Él fue solo.
Yo estaba acompañado.
Él sintió que la piel le ardía aunque no hubiera Luna y no fuera Octubre.
Yo sentí que algo concluía.
Él estaba triste.
Yo no estaba triste, sólo esperaba.
Él perdió el control de la camioneta. Él era muy buen conductor. Él no logró evadir el impacto. Él estrelló la cara contra el volante, el cráneo contra la ventanilla, los brazos se le torcieron. Él no murió al instante, le dio tiempo de acordarse de mí.
Yo no fui a su funeral.

2 comentarios:

  1. Me gusta mucho, hasta que puedo ver algo de lo que haces, Felicidades.

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  2. Me gusta mucho, hasta que puedo ver algo de lo que haces, Felicidades.

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