lunes, 27 de noviembre de 2017

Uno: 6/7 || Uno: 6/9
(Historia de dos ciudades)

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo
-Historia de dos ciudades; Charles Dickens


Uno
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, el verano con sus tormentas y su calor húmedo. Cualquier año, el que sea, cualquier 2016.
Una: Ciudad de Rocas Blandas || Una: Ciudad de Noche Azul. Uno: 6/7 || Uno: 6/9. Uno: Cáncer || Uno: Virgo. Uno: Rafael Iram || Uno: Artemisa.
Uno: 6/7 y su desvelo eterno, su insomnio constante, sus movimientos que responden a un ritmo inhumano || Uno: 6/9 y sus profundas ojeras, sus ojos tristes de ensoñaciones suprarreales, sus movimientos cortos y terrenales.
Uno: prisionero a propósito en un territorio donde las rocas se desgajan || Uno: cautivo de las noches azules por una Luna que apenas asoma la cara. Uno: caminante nocturno || Uno: sonámbulo diurno. Uno: gato negro, planta venenosa, viento, augurio, y artefacto metálico || Uno: alebrije de unicornio, sirena, corteza de encino, destello crepuscular, corazón turquesa.
Uno: Verano, ojos oscuros, glitter en los pómulos, Noche Eterna, electrotristezas, Julio, Luna || Uno: Verano, ojos oscuros, glitter en los pómulos, Noche Eterna, electrotristezas, Septiembre, Mercurio
Uno: corazón húmedo, hecho pedazos || Uno: corazón húmedo, hecho pedazos.

Dos
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, el verano con sus tormentas y su calor húmedo. Cualquier año, el que sea, cualquier 2017.
Una, sólo una: Ciudad de Noche Azul. Las noches de lluvia son siempre azules, los días de lluvia son siempre grises. No hay ojos-noche que no sean oscuros. No hay lugar que no se empape en Verano, ni los corazones permanecen secos, ni los ojos oscuros de los que bajan electrotristezas, ni las bocas que derraman besos sobre las palmas y entre las piernas, ni los glandes que lloran de ansiedad. Una, sólo una: no hay noche en esa ciudad que no sea azul.
Siempre son azules las noches que se derraman, donde un humo pesado pasa por los pulmones, y los labios saben a alcohol y a besos que habían sido puestos en pausa.
Dos: movimientos que ocurren en las dos ciudades, como las huellas que quedan pegadas en el espejo y que sólo se ven jadeando sobre ellas. Ciudades insomnes, soñolientas, blandas, azules, de alcohol, electrotristezas, humo de tabaco y marihuana, besos carmesí, moretones, lengua de pedernal, y ojos de obsidiana.
Las noches azules siempre terminan y comienzan en besos, con el pene escurriendo, los ojos cerrados, y condones en el piso. Terminan y comienzan en la línea 1 del Metrobús e incluyen transbordos en Metro y trolebús, con recorridos no planeados por la avenida que gobiernan la putas del sur que trabajan horas extra por ser fin de semana de quincena y atiborran los hoteles de sus encantos y sus medias negras, abundante rímel y lápiz labial.
Una, sólo una: Ciudad de Noche Azul. Uno: 6/7 || Uno: 6/9. Uno: de regreso a la primer ciudad que lo tuvo prisionero || Uno: aún cautivo de la misma noche azul.
Dos: la misma ciudad de hace años, los mismos ojos oscuros pero invadidos de un brillo de constelaciones primigenias y lámparas de calle, la misma lluvia, tatuajes nuevos. La luz encendida, un colchón.
Maquillaje sobre los párpados, los pómulos, en los labios, en las yemas de los dedos. Lápiz labial en los cuellos, en las ingles, en los pezones, en el periné, en los dedos de los pies…
Putazos, moretones, besos, mordidas, jadeos, y un preservativo lleno de semen que son envueltos por la lluvia, por la noche azul que es una, por los cuerpos que son dos, por una estación atemporal que gira sobre sí misma donde ocurren las rupturas de los ciclos y del firmamento con un poderoso relámpago blanco y un rugido celeste. Una abundante venida astronómica.
Una, sólo una: Ciudad de Noche Azul. Uno: putazos en la cara, carmín en los labios || Uno: besos en la cara, carmín entre las nalgas. Uno: unas ganas inmensas de hacerlo suyo permanentemente || Uno: la permanencia obligada en el sueño de noche azul.
Dos: llovizna, la Luna siempre oculta, un beso de despedida.

Asahel Morán

viernes, 15 de enero de 2016

Burberry

No me gustan los perfumes. Siempre he preferido el olor natural de la piel ¿Qué te digo? Soy un salvaje.

Y entonces llegó la primera lluviecita rara del año hace dos años y alguien llegó a casa con un frasquito lleno de un líquido azul cerrado con una tapita de madera. Azul es la tristeza también, azul es la luz para bailar, azules son los anocheceres y los amaneceres. El verano también es azul. La lluvia es azul.

Y yo usaba ese perfume justo antes de verte. Aquel tiempo de lluvia, de humedad, de húmeda tristeza dentro de una camiseta sin mangas y una chamarra de mezclilla. Aquel tiempo de mezquindad, de incertidumbre, de dolor torácico, aquel tiempo cuando tenía el corazón apuñalado mil veces desangrándose mil veces agonizando mil veces llorando mil veces sin terminar de cicatrizar.

Aquel tiempo de bugambilias con espinas, de cabello empapado, de soledad, fría soledad, frías mañanas, húmedas noches, frías noches. Aquel tiempo de música electrónica y azul, de perfume azul.

Aquel tiempo cuando dormíamos juntos y el cuarto olía a cigarrillos y música electrónica y azul y perfume y luz azul y alcohol y a tu piel y a mi piel y a besos escondidos debajo de la noche y a humedad y a relámpagos y a Burberry y a jabón neutro y a mezclilla.

Aquel tiempo cuando te ibas por la mañana antes de que todos se enteraran y me dabas un último abrazo para girar la cabeza inmediatamente y no mirabas atrás y al día siguiente lo veías a él, y el mundo continuaba con su habitual ritmo y yo me sumergía en esa botellita de perfume azul.

Aquel tiempo cuando me negaba a abrir el pecho aunque ya estuviera destazado en canal porque no tardarías nada en estar otra vez con él y yo tardaría menos en volver a despedazarme.

Aquel tiempo de extrañarte en formas incalculables y volverme adicto al perfume y a escribir sistemáticamente y al vino tinto y a observarte mientras no te dabas cuenta. Formas intangibles de suicidio. Ininteligibles, si quieres.

Aquel tiempo cuando te veía y se iban de la mano y yo miraba a otro lado, absorto en un silencio autoimpuesto y a una ausencia lívida en un limbo de perfume azul.

La ciudad encharcada, inundada, y la electricidad que se iba cada tanto, y agua en los zapatos, y mezclilla húmeda, y la camiseta empapada, y el cabello escurriendo, y el ruido y el olor de los automóviles, y cigarrillos, y perfume azul. Y la luz azul en el antro, la música electrónica que no dice absolutamente nada, el persistente olor a piel, y el perfume azul.


Hoy alguien en casa se ha marchado con ese perfume puesto y, al olerlo, volví a sentir un soplo helado sobre el corazón. Una herida volvió a abrirse y a congelarse al instante. Y el congelamiento fue azul y el frío era azul y el perfume dentro de la botella era azul y amanecía y el cielo era azul y la incertidumbre también.


martes, 12 de mayo de 2015

Mecánica de la violencia

I
Fin del mundo

Él me dijo que yo le pertenecía, que cuando él me lo ordenara yo me pondría en cuatro y dejaría que me cogiera cuando y donde él quisiera.
Yo lo miré fijamente sabiendo que todo lo que sucedía estaba mal.
Él me dijo que así eran las cosas.
Yo no podía decirle nada, de alguna manera tenía razón.
Él era astuto.
Yo era demasiado idiota.
Él era un cretino.
Yo estaba demasiado roto.

Él me arrastró a una fiesta donde sólo había muchachos, todos intoxicados, todos con los ojos brillando a causa de las drogas duras y el alcohol.
Yo estaba demasiado embotado por las mismas razones, casi anestesiado.
Él me presentó a un asesino, el cadáver de su madre estaba picado en pedazos dentro de una olla con cal afuera, en el patio. Zona restringida.
Yo no sabía nada, no entendía nada, no podía contra nada. Y allí estaba en ese mundo que no era para mí, absurda y estúpidamente colocado a la fuerza. Una presa fácil.
Él se alejó para observar a los invitados.
Yo lo seguí.
Él me lanzó una mirada furiosa, y me ordenó que me quedara lejos.
Yo me senté en un sillón cerca del matricida.
Él desapareció un largo rato junto con un muchacho.
Yo miraba afuera, quería salir.
Él se demoraba.
Yo bebí algo que me ofrecieron.
Él volvió cuando las luces se apagaron.
Yo me acosté en el sillón, ni siquiera cerré los ojos, sabía que no podría dormir.
Él tampoco dormiría.
Yo no quería estar allí.
Él se acercó a un muchacho en el sillón de enfrente.
Yo lo vi todo.
Él se cogió al muchacho del sillón de enfrente.
Yo lo vi todo.
Él volteaba cada tanto para asegurarse de que estuviera mirando.
Yo tenía dolor en todas partes.
Él gemía y el muchacho también.
Yo tenía un nudo en la garganta.
Él se tomó su tiempo.
Yo estaba muy cansado.
Él me llamó cuando por fin se vino en la boca del muchacho y el sol apareció, no habíamos dormido nada.
Yo me levanté.
Él abrió la puerta.
Yo lo seguí.
Él me miraba.
Yo miraba a la nada.
Él me preguntó cómo estaba.
Yo no pude hablar, pero las lágrimas salían y no podía controlarlas.
Él abrió los ojos como platos, siempre pensó que yo no podía llorar.
Yo no podía detenerlas, salían sin parar.
Él no intentó acercarse.
Yo lo prefería así.
Él se despidió.
Yo me despedí.
Él me acarició la cara.
Yo me fui.


II
Infierno

Yo nunca lo llamé.
Él me buscó.
Yo estaba intrigado.
Él tenía algo que decirme.
Yo acepté, pensaba que no tenía nada que perder. Ya no.
Él estaba por cumplir años.
Yo lo tenía presente, algunos venenos dejan marcas.
Él estaba sufriendo, necesitaba hablar.
Yo sabía que él no tenía amigos y existían muchas buenas razones para que fuera así.
Él insistió en verme.
Yo accedí a verlo.
Él comenzó la charla, era lo apropiado.
Yo le seguí la corriente.
Él dijo que me extrañaba.
Yo le dije que no tendría por qué.
Él me miró con sorpresa. Pensaba que seguía perteneciéndole.
Yo me sentía seguro.
Él jugó bien sus cartas.
Yo lo acompañé a cenar, era su cumpleaños.
Él me invitó una cerveza.
Yo no noté lo que había puesto en ella.
Él se me acercaba. Demasiado.
Yo no sabía qué me pasaba, no podía pensar.
Él me envenenó una vez más.
Yo quería irme, pero era incapaz de correr.
Él me llevó a una casa.
Yo intenté irme.
Él me cargó hasta la cama.
Yo quería irme.
Él me quitó la ropa.
Yo no quería.
Él se quitó la ropa.
Yo no quería.
Él comenzó a tocarme.
Yo traté de impedirlo, pero mi cuerpo no reaccionaba.
Él me dijo que debía portarme bien.
Yo le pedí que se detuviera.
Él no hizo caso.
Yo me eché a llorar.
Él no hizo caso.
Yo no quería.
Él me mordía por todas partes.
Yo quedé lleno de moretones.
Él me rasguñaba todo el cuerpo.
Yo sudaba frío.
Él me golpeó con su cinturón.
Yo sangraba aunque apenas lo sentía.
Él sabía que yo no sentía dolor.
Yo sabía que se aprovecharía de eso.
Él me sujetó por la cadera.
Yo tenía mucho miedo.
Él acercó su pene a mi culo.
Yo estaba aterrado.
Él me escupió entre las nalgas.
Yo intenté safarme.
Él me sujetó con más fuerza.
Yo le pedí que por favor se detuviera.
Él me la metió con fuerza.
Yo grité de dolor.
Él se excitó con eso.
Yo quería quitármelo de encima.
Él me cogía brutalmente.
Yo no podía quitármelo de encima.
Él me enterraba las uñas en la cadera.
Yo tenía mucho dolor.
Él me cogía brutalmente.
Yo tenía muchísimo dolor.
Él me cogía brutalmente.
Yo no quería estar allí.
Él me cogía brutalmente.
Yo no podía escapar.
Él me cogía brutalmente.
Yo grité pero nadie me escuchó.
Él metió sus dedos en mi boca.
Yo lo mordí.
Él me golpeó en las nalgas con el cinturón.
Yo lo mordí más fuerte.
Él me golpeó más fuerte.
Yo desistí de morderlo.
Él siguió nalgueándome y encajándome las uñas de la otra mano.
Yo me quedaba sin fuerzas.
Él se vino dentro de mí y se salió.
Yo sabía que no había terminado aún.
Él se levantó y se paró frente a mí.
Yo lo miré, suplicándole.
Él me cogió por la boca.
Yo lloraba.
Él no terminaba.
Yo quería que terminara.
Él se tomaba su tiempo.
Yo quería que terminara.
Él no pensaba detenerse.
Yo no pude imaginar que algo así pasaría.
Él me empujó para tirarme sobre la cama.
Yo deseaba desmayarme y ya no sentir.
Él deseaba continuar toda la noche.
Yo me rendí.
Él metió su puño.
¿Yo tuve la culpa?
Él notó cómo me dolía.
Yo sentía que me partía en dos, pero ya no podía gritar.
Él sonreía.
Yo lloraba, no podía hacer nada.
Él sacó la mano llena de sangre y la embarró sobre mi pecho.
Yo pensé que iba a matarme.
Él no se detuvo allí.
Yo no sabía que más iba a hacer conmigo.
Él me cogió de nuevo.
Yo estaba por desmayarme.
Él se vino sobre mis nalgas esta vez.
Yo me quedé dormido, o me desmayé, tal vez me morí. Sí, fue eso, me morí, en ese momento mucho de mí murió.
Él tal vez siguió cogiéndome después de eso, tal vez con los pies, tal vez con botellas, tal vez se vino varias veces dentro de mí, sobre mi cara, sobre mi cabello, o sobre mis manos.


III
Las cenizas

Yo desperté cuando aún estaba oscuro, apenas podía moverme.
Él estaba dormido.
Yo me levanté, necesitaba bañarme.
Él despertó, me siguió con la mirada.
Yo me bañé lo mejor que pude, no quería nada de él sobre o dentro de mí.
Él se levantó a tomar café.
Yo salí al cuarto a vestirme. La cama estaba llena de sangre.
Él me esperaba en la cocina.
Yo miraba por la ventana a la Luna que era llena y enorme y de Octubre.
Él dijo que yo le pertenecía.
¿Por qué no te mueres de una vez y nos dejas en paz a todos para que no sigas envenenando todo lo que tocas?
Él no supo qué decir.
Yo miré la Luna, lo miré a él, y maldije por primera vez.
Él me llamó por el diminutivo de mi nombre.
Yo apunté a su pecho.
Él no dijo más.
Yo sólo me fui.


IV
La Tierra después del fin del mundo

Yo pensaba que era mi culpa. Ser tan torpe, tan ingenuo, tan débil, tan tonto, tan idiota, tan débil, tan débil, tan tonto.
Él se culpaba por ser tan imbécil.
Yo intenté avanzar.
Él nunca avanzaba.
Yo logré avanzar, olvidar, dejar todo atrás.
Él sentía remordimiento.
Yo logré estar en paz.
Él nunca pudo estar en paz.
Yo sentía pesar por él.
Él sólo quería pedirme perdón.
Yo no necesitaba que me pidiera perdón.
Él me pidió que nos encontráramos.
Yo le dije que sí.
Él sufría al acordarse de mí.
Yo era indiferente.
Él estaba entusiasmado por verme otra vez.
Yo estaba atareado, tuve que cancelar.
Él se molestó.
Yo tenía mejores cosas que hacer.
Él me había invitado a una fiesta.
Yo estaba en una fiesta, en otro lugar.
Él fue solo.
Yo estaba acompañado.
Él sintió que la piel le ardía aunque no hubiera Luna y no fuera Octubre.
Yo sentí que algo concluía.
Él estaba triste.
Yo no estaba triste, sólo esperaba.
Él perdió el control de la camioneta. Él era muy buen conductor. Él no logró evadir el impacto. Él estrelló la cara contra el volante, el cráneo contra la ventanilla, los brazos se le torcieron. Él no murió al instante, le dio tiempo de acordarse de mí.
Yo no fui a su funeral.

jueves, 1 de mayo de 2014

Un miércoles cualquiera

Sobre la violencia sexual y el silencio.

Voy tarde para la escuela otra vez. Demasiado trabajo, demasiada tos, y demasiado calor; ingredientes para una noche en vela y, aunque mis clases son por la tarde, me cuesta mucho trabajo despertar.

Alcanzo el tren al Centro y me acomodo cerca de una ventana. Ley del ascensor: el último queda expuesto a todas las miradas. Y sí, me acomodo cerca de una ventana y un hombre de camiseta verde que está de espaldas a mí voltea para observarme.
Últimamente le tengo algo de rechazo a la ropa verde, aunque no sé explicar por qué, será alguna cosa de brujas. El hombre de verde voltea una vez más y me recorre el cuerpo con la mirada. Imagino que debe molestarle mi ropa, o mi orientación sexual, o simplemente mi presencia. Intento no darle importancia, después de todo siempre habrá alguien ofendiéndose con lo que uno es.

Voy llegando a la Estación Juárez y me preparo para salir. Me acerco a la puerta y, velozmente, el hombre de la camiseta verde se acerca detrás de mí para salir también, tal vez demasiado cerca. Siento sus zapatos detrás de los míos y entonces entiendo la insistencia de su mirada. Todo pasa muy rápido: su respiración en mi nuca, sus genitales haciendo contacto con mi cuerpo, y su mano tocándome el muslo derecho. Por un momento me quedo estático, como los venados de mi pueblo cuando se sienten amenazados. Las puertas se abren y mi reacción es correr, abrirme paso entre la gente y salir de allí rápidamente. Me pregunto si estará siguiéndome pero no volteo para mirar, lo que quiero es alejarme; alejarme y lavarme las manos. Pienso en todos esos análisis del género que hago y que paso por alto en este momento, en todas esas citas sobre la importancia de hacerle frente a la violencia y denunciarla, pienso en los mitos antiguos donde la víctima siempre será la culpable y que se siguen repitiendo. Si no me hubiera puesto este short tan corto, si no me hubiera puesto esta camiseta, si no le hubiera sostenido la mirada y me hubiera cambiado de vagón o de tren…

En realidad el sujeto no me penetró a la fuerza, pero tengo una sensación terrible de haber sido violado, de haber sido profanado, y de haber sido lo suficientemente cobarde como para no decir nada. La vergüenza me invadió y no supe qué hacer, preferí correr que enfrentarlo y allí dejé todas mis ideas sobre género y la necesidad de una nueva Revolución Sexual. Y me siento peor al tener conocimiento sobre la violencia sexual y permitir que la ejerzan sobre mí impunemente.

Tengo coraje, tengo vergüenza, impotencia, y decepción de mí mismo y se me escapan dos o tres lágrimas mientras espero el tren del transbordo.

Esperando el transbordo también hay un sujeto de chamarra negra que se me queda viendo. Probablemente me vio llorar, o tal vez no. Llega el tren, se abren las puertas, y los usuarios comienzan a entrar. Me acerco a una de las puertas pero se aglomera rápidamente así que camino hacia otra puerta y el sujeto de la chamarra negra se queda en la primera. Abordo el tren y, después de unos segundos, veo al sujeto de la chamarra negra llegar a mi vagón y pararse detrás de mí, tal vez demasiado cerca ¿Es en verdad posible que en un intervalo de tiempo tan corto pueda ocurrirme lo mismo? Estoy seguro de que nadie me lo va a creer y dirán que exagero, que tal vez fue sólo mi imaginación, y que ni estoy tan bueno como para que me pasen esas cosas. Decido que, al contárselo a alguien, omitiré al segundo sujeto porque seguramente nadie me va a creer.

Estamos llegando a la estación y el sujeto de la chamarra negra se me acerca más por la espalda, puedo sentir su chamarra rozando mis brazos y su respiración en mi nuca. Otra vez todo pasa demasiado rápido y el sujeto de la chamarra negra me acaricia el brazo antes de que yo salga corriendo hacia la superficie. Reitero toda esa decepción sobre mí y me siento muy triste y muy enojado conmigo mismo. Además necesito lavarme las manos, bañarme, relajarme y quitarme la sensación de haber sido profanado. Pienso por un momento en la posibilidad de saltarme la clase, de volver al tren e ir a casa, pero no quiero volver al tren y no puedo saltarme la clase, así que sigo andando hacia la escuela. Al llegar lo primero que hago es lavarme las manos y los brazos hasta los hombros y la cara, luego me paso gel desinfectante y me siento un poco menos saqueado.

No logro concentrarme en la clase, no logro relajarme, y sigo culpándome por lo que pasó y por guardar silencio. Ya no quiero llorar, pero sí quiero salir corriendo.

Si hubiera optado por enfrentar a los agresores, ¿alguien me habría escuchado? Siento una completa falta de protección y me abruma la posibilidad de la burla y la incredulidad de cualquier autoridad.


Se trató de un incidente menor tal vez, pero me horroriza la cantidad de personas que sufren violaciones y abusos a mayor grado y deben sentirse peor que yo: avergonzadas, impotentes, y violentadas. Situaciones donde el silencio no es una decisión, sino un lugar al que nos sentimos orillados.

sábado, 8 de marzo de 2014

Día Internacional de la Mujer para las mujeres transexuales

Cada año me enfrento a los mismos comentarios transfóbicos que mis conocidos homosexuales hacen con motivo del Día Internacional de la Mujer. Pareciera que esperan con ansias este día para publicar todas las frases que estuvieron pensando durante todo el año con el afán de herir y de exhibir su completa ignorancia. Les leo y me lleno de ira, de frustración, de mucha tristeza, y de una infinita decepción. Luego pienso en lo que yo mismo y otros estamos haciendo para hacer de este mundo un lugar mejor y más seguro para todos y puedo tomar un respiro. Pero me resulta inevitable pasar un mal rato. Las frases que leo en Facebook o Twitter van, más o menos, en el mismo tono, haciendo ver a las transexuales como ciudadanas de tercera clase, como mujeres de tercera clase, como si fueran la escoria de la sociedad.

En este día se celebra al ama de casa que contrajo nupcias en la flor de su juventud y ahora tiene dos hijos, una casa, un perro y un gato, pero poco se piensa en aquellas mujeres sumamente valientes que decidieron no casarse ni tener hijos, yendo en contra de las normas sociales y las tradiciones “políticamente correctas” y son señaladas en la familia como “la cotorra solterona”, las mujeres indígenas que van descalzas vendiendo collares en el zócalo y a las que nadie saluda de mano porque “en los pueblos no se bañan”, las mujeres en situación de calle que deben dormir bajo algún puente y están expuestas a las violaciones y abusos de las autoridades judiciales, las mujeres que decidieron que querían ser mujeres y vivir su vida como tal aunque hayan nacido con un género cromosómico contrario. Es en estas últimas que quiero centrar mi atención.

Las mujeres transexuales (aunque aquí me detengo pues el término “mujeres transexuales” me parece incluso discriminatorio. Son mujeres y basta, independientemente de su género cromosómico, pero me referiré a ellas de esta forma para hacerlas notar y darles reconocimiento) son personas que han decidido vivir su vida como mujeres, muchas de ellas prefieren olvidar y mantener en secreto la parte de su vida donde se han visto forzadas a adoptar un género masculino que las hacía infelices y no correspondía con lo que ellas sentían y deseaban para sí mismas. Decidieron tomar los roles de género correspondientes y ahora viven su vida como tal y desean que se les reconozca como mujeres, no como hombres que cambiaron de sexo, desean que se avalen sus derechos y su lugar en la sociedad.

Esta es una situación que choca con lo esperado por una sociedad machista, homofóbica, transfóbica, y misógina, donde ser mujer significa ser una ciudadana de segunda clase, débil, con menos capacidades físicas y hasta intelectuales. Peor aún al tratarse de una mujer transexual, que se convierte en una ciudadana de tercera clase, excluída de los grupos sociales masculinos por haber rechazado ser hombre, y que tampoco termina por ser aceptada en los grupos sociales femeninos por no ser “una mujer de verdad”, a la que se relega a una tercera categoría, una categoría de paria del género, discriminada y humillada incluso por el colectivo queer al que pertenece (El de los disidentes sexuales que incluye a homosexuales, transexuales, travestis, intersexuales, intergéneros, genderqueers…)

Personalmente me parece especialmente absurdo el rechazo por parte del colectivo queer y es este el que más me hiere. Es de suma importancia la identificación con otras personas para formar grupos sociales pues esto genera un sentido de pertenencia e incluso de seguridad. Una persona homofóbica jamás se atrevería a hacer ningún comentario violento rodeado de homosexuales, los homofóbicos siempre agreden verbal y físicamente cuando están en compañía de otros. La transfobia por parte del colectivo queer excluye a las tecno-mujeres, exponiéndolas aún más a la violencia y generando violencia al catalogarlas como inferiores, como aberraciones de la naturaleza. Las mujeres transexuales tienen exactamente los mismos derechos y sus decisiones no deben ser cuestionadas, sino respetadas e incluso apoyadas e impulsadas.


En este Día Internacional de la Mujer yo sí reconozco a las mujeres transexuales, mujeres, mujeres indígenas, mujeres madres solteras. A  todas las que avanzan y luchan para hacer de este un país mejor, con más derechos y educación.

jueves, 30 de enero de 2014

Ciclo Lunar

[Luna Llena]

Serafina [la reina de las brujas] se volvió para ver cómo se extinguía en la lejanía el último resplandor de los ángeles. No le inspiraban más que compasión aquellos grandes seres ¡Era tanto lo que se perdían al no poder sentir la Tierra bajo los pies, ni el viento en los cabellos, ni el hormigueo de la luz de las estrellas sobre la piel! Con tales pensamientos cortó una brizna de la rama de pino sobre la que volaba y aspiró el potente olor de la resina con ávido placer. 
- La Daga. Phillip Pulman.

Amanece y algo ha cambiado. Eres más ligero, estás más despierto, y pareciera que el tiempo se mueve a la velocidad de tus pies. Porque el tiempo para ti es una cosa que sucedió, está sucediendo, y está por suceder.

De repente todo se vuelve trivial y maravilloso, paradojas de la vida que no es efímera porque es sólo Una, dividida en millones de seres. Entiendes cosas que en cualquier otro día no podrías entender por estar bajo estrellas y luces diferentes, y se abren puertas que contienen secretos cuya pronunciación o explicación son imposibles porque simplemente son.

El frío y el calor se sienten igual de placenteros sobre la piel en la que se han desvanecido varias estaciones y ciclos, secretos de la vitalidad prolongada.

Te miras a ti mismo desde arriba, desde abajo, desde los cuatro puntos cardinales, y desde dentro de las otras personas. Cosa de comprender que la vida es una sola y se divide en millones de seres, cosa de entender que es cierto lo que dicen y todos estamos conectados.

Aprovecha bien tu tiempo porque hay que esperar a que sea Luna Llena para consumirte y renacer, Ave Fénix.


Cierra los ojos para poder ver. Y ve.



martes, 28 de enero de 2014

Mextli Ollin

Dos días para la Luna Nueva.

Las brujas se someten a los ciclos. Es inevitable porque toda la existencia es un ciclo, todo suceso natural es un ciclo y las brujas son los entes donde lo espiritual, lo carnal, lo físico, y lo natural convergen.

La Luna Nueva se aproxima y dará vida a las mareas, cerrará capítulos al mismo tiempo que escribe nuevas líneas, y hará que las brujas florezcan. Fenómeno curioso el florecimiento de las brujas, que siguen el movimiento de la Luna y miden sus vidas en lunas llenas y lunas nuevas, dibujan mapas para encontrarse con ella, y le susurran hechizos, y cuentos.

No conozco mucho esta ciudad de árboles inmóviles, aún no terminamos de entendernos ni nos tenemos aprecio. Ella: silente, huraña, e indiferente a mi pasos y mi tacto. Yo, demasiado ofendido por su trato frío, y demasiado desconcertado por el mutismo de sus árboles.

Supe que los bosques fueron arrancados para construir esta ciudad de rocas blandas y entendí que la Tierra estaría resentida. A veces podía sentirla refunfuñar en la corteza seca de los árboles llenos de polvo y contaminación, en la ausencia del viento, esa música respirable que viene del cielo y conecta con el suelo para crear chispas y movimiento y llevar vida a todas partes y mensajes a los amantes. 

Pero de repente, dos días antes de la Luna Nueva, hay murmullos de expectativa y comienzan a sentirse rugidos provenientes de las copas, porque hay puertas que se abren, y los árboles se mueven y espabilan después de haber pasado tanto tiempo tristes y sin nadie con quien hablar, sin nadie que los pudiera escuchar.

Mucho gusto, Guadalajara, soy Asahel Morán.

miércoles, 13 de marzo de 2013

13 de Marzo del 2013


No sé por dónde comenzar. Comenzaré llamándote por tu nombre porque es lo correcto y siempre me gustó llamarte así. Alberto.

Una serie de acciones desde que desperté esta mañana me hizo llegar a esta carta, la vida puede ser muy curiosa. Perdón, yo aquí hablando de la vida como si…

¿Sabes? Escucho una de nuestras canciones. En aquellos días todo era tan cursi, tú eras tan desmedidamente cursi y yo a veces no te aguantaba. Tampoco mis modos te gustaban pero procurabas ser tolerante, virtud que me sigue faltando. Debí aprender más sobre ti.

Tengo en la agenda del teléfono móvil el número de tu casa y llevo varias semanas intentando llamar pero no he podido ¿Qué podría decir a estas alturas? Con mucha vergüenza me doy cuenta de que ni siquiera sabría iniciar la llamada ¡No recuerdo el nombre de tu madre! Tengo un nombre en la cabeza pero no estoy completamente seguro y no quiero meter la pata.

Tu fecha se me olvidó, ese día se pasó sin que notara su importancia. Días después me lo recordaron y sentí tanta culpa. Quise llorar pero no pude, sólo había una tristeza en el aire que respiraba y una sensación de vacío.


¿Qué podría decirte a ti a estas alturas? Si es verdad que estás viéndome desde algún lugar intangible, ya lo sabes todo. A veces te extraño mucho. A veces quisiera encontrarte conectado en Facebook o enviarte un mensaje de texto sólo para saludarte. A veces quisiera que me enseñaras a bailar ahora que mi coordinación ha mejorado y es menos probable que te de un pisotón.

La última vez que hablamos yo estaba tan ocupado siendo un cretino que la desaproveché ¿Qué hiciste después de colgar? Debí devolverte la llamada, llamarte al día siguiente o buscarte de alguna forma. Lamento tanto tantas cosas que no puedo dejarte ir. Reconozco lo poco saludable de la situación y me hiere el orgullo no ser capaz de actuar de forma madura y racional.

Por cierto, la cámara que me regalaste sigue funcionando aunque dejé de tomar fotos por mucho tiempo. Desde que te fuiste, ya que lo pienso. Pero descuida, estoy tomando fotos otra vez pero ahora con una cámara análoga que me he conseguido y mi mirada ha cambiado.

Debo dejar de escribir porque se hace tarde, hace horas que debí salir, no noté el paso del tiempo. Una última cosa, no te olvido y nunca quise que las cosas quedaran así.

Asahel Morán

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sudor


Hace ya varios días que el sueño salió de su marco nocturno para seguirme durante el día, palpitándome en la cara como una flor púrpura que no se deshace aún después de mojarla en café.

Cierro los ojos, mi cuerpo se pone pesado;
                                 los abro, permanece pesado.

Conozco bien el remedio a este mal que me afecta a cada momento: tu piel de brasas.

Es cierto que tu cuerpo arde, por razones que no intento explicarme siempre está en llamas, contrario al mío que sufre la cualidad inerte del frío. Me hace pensar un poco en la muerte, un poco en la tristeza y mucho en la noche y pieles azules.

Pero no hoy. Hoy no habrá una piel·fuego tostada por el sol y su propio calor donde repose mi pesado cuerpo sonámbulo mientras aspiro su aroma de musgo, lluvia, tierra, sal y sudor.

¿Por qué no pudiste olvidar tu camisa sudada sobre la cama esta vez?


***


Es un hecho que tu cuerpo huele siempre a sudor.

Una tendencia casi primitiva me obliga a olerte cada vez que tengo oportunidad. Sobra decir que ésta acción se repite innumerables veces mientras tu cuerpo yace desnudo debajo de mí.

Culpo a tu inagotable mar de hormonas por el aroma que desprendes y que yo considero sensual y a ti te avergüenza sobremanera, no entiendo por qué.

Más de una vez me ha sido imposible contener mis ganas de morderte los hombros después de haber olido tu piel, las reacciones de mi cuerpo hacia tus atractivos físicos son incontenibles.

Es extraño decirlo pero esta noche, aún cuando no estás, puedo asegurar que percibo el olor de tu sudor.
Casi podría tocarte si cierro los ojos...

martes, 6 de septiembre de 2011

Tenextitla

Por las noches el cerro que custodia la laguna de Tenextitla parece brillar, una blanquecina montaña arrancada de la Luna.


Murmullos de criaturas se funden con el agua que corre desde el cerro y que hace eco contra las rocas ya verdes, llenas de musgo por la lluvia.
Nadie camina por ahí cuando es de noche, es mejor esperar al amanecer para andar por Ése lugar, cuando la noche cede a los golpes del sol y arrastra sus faldas por el Oeste.
Mi amiga decía que allí había chaneques, que por allí corrían los aires. Que al andar había que ir en silencio, cuidándonos de que no entraran en nuestros cuerpos.
Los niños jamás deben ir solos al bosque, mucho menos hablar con lo que sea que se encuentren allí ni aceptar sus invitaciones a jugar. No es que sus habitantes sean malos, pero se les debe tener respeto y no invadir su casa.
Ofrendas les son llevadas cada año. Cazuelitas y tazas de barro, muñecas, velas, juguetitos varios, incienso, todo lo necesario para tener contentos a los aires y la lluvia vuelva al pueblo, todo lo necesario para tenerlos a gusto y no se lleven a los niños.
Llevamos nuestra ofrenda a la vieja cruz de piedra, sabiendo que, aunque ya casi nadie juega con los chaneques, ellos no se cansan de jugar…